Don't worry, if you can't understand this post I've piggy-backed it on the back of another post in English. So just take a deep breath, scroll down, and everything will be okay.Hemos llegado al fin del año cuando toca reflejar sobre tanto sobre los fracasos como los éxitos. Ya que este
post no tiene nada que ver con el triatlón, no me importa publicarlo en una lengua que ningún lector mío va a entender (pero ¿quién sabe?). Lo que quiero decir, no tendría ningún sentido escribirlo en inglés.
Este año tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida: marcharme difinitivamente de Barcelona. Y no es lo que crees, que fuera difícil por los amigos de tantos paises tan lejanos, ni la relación que tuve que cortar, ni la vuelta al monolito imperialista de los Estados Unidos que controla el mundo pero nunca mira más allá que sus fronteras, ni el tiempo. No. Lo que lo hizo lo más difícil fue el sentido que me estaba rindiendo justo cuando estaba a punto de realizar un sueño: el bilingüismo. Siempre he querido hablar otra lengua, desde mis memorias más tempranos. De pequeña fui muy tímida (y sigo siéndolo hoy) y quería tanto tener una lengua código para poder hablar con mis padres sin que nadie más me entendiera. Exigí a mi madre que me enseñara todo el francés de que se acordaba del instituto (que resultó ser sólo el alfabeto);

rogué a mi padre que fuera a clases de chino conmigo. Nunca fuimos a las clases de chino, y salvo si quisiera tener conversaciones enteras deletreando palabras inglesas en letras franceses, mi francés tampoco me servía de lengua código. Parece cursi, pero yo soñaba con hablar otras lenguas como los demás niños soñaban con ser astronautas y bailerinas.
Cuando tuve la oportunidad de empezar a aprender castellano en el séptimo grado, me lo chupaba todo con muchas ganas. Incluso antes de poder formar una frase más complejo

que "Me llamo Claire" iba por la vida traduciendo canciones pop a un español
pidgen.
"I want you back for good" se convertió en "Yo quiero tú espalda para bueno". A medida que mejoraba empecé a escribir en mi diario en un español penoso, pero por fin tenía mi lengua código. Y claro, saqué buenas notas. Salté un año en la clase de español, añadí clases de italiano, latín y francés a mi repetorio (y resulta que no todas las letras francesas que aprendí de pequeña fueran correctas, genial). Decidí que en la universidad iba a estudiar lingüistica para poder aprender más lenguas con más facilidad. Déjenme aclarar un mito falso: estudiar lingüistica para aprender lenguas es como estudiar latín para sacar un buen número en los SAT - una pérdida de tiempo.
Todo ese esfuerzo y pensé que fuera un crac en español... hasta que atericé en España. No

llegarás muy lejos con frases como "¿Dónde está el baño?" y "Más cerveza por favor". Estas frases sólo te llevarán a la barra, y después al baño. Podía hablar mejor que eso, pero estaba tan aterrorizada de hacer un error que pasé la mayoría de la primera mitad de mi primer año en Barcelona viajando entre la barra y el baño. Me quedé callada durante meses porque quién sabe cuándo tendría que hablar de coladores, manatíes o remolachas, y yo no sabía esas palabras. Cuando por fin abrí la boca de nuevo, encontré que no sólo no hablaba con soltura, sino que me costaba comunicar conceptos más complejos que "He bebido demasiada cerveza y necesito el baño." Parecía una atrasada mental, y así renació mi obsesión con el español. Quería hablar un castellano que no me hizo parecer más boba que realmente soy (que ya soy bastante tonta). Después de mi año estudiando en el extranjero en Barcelona había desarollado un español funcional aunque repleto de errores.
No fue hasta que volví, llevaba otro año en Barcelona, seis meses saliendo con una catalana y con tantos amigos hispanohablantes que anglófonos que empecé a sentirme cómoda viviendo en castellano. Me despertaba por la mañana hablando castellano, fui al mercado pidiendo las remolachas en castellano, mis entrenos de natación fueron en castellano, y podía tener conversaciones enteras sobre cualquier cosa en castellano. ¡Por fin estaba viviendo en otra lengua! Lo único que me quedaba fue obtener un permiso de trabajo y me hubiera integrado totalmente, hubiera logrado mi sueño. Iba por la calle mirando a la gente pensando que ninguna de estas personas fue americana, muchos ni siquiera hubieron viajado fuera del pais y aun así podría tener una conversacion como una de ellos. Pero al final cuando conseguí mi pasaporte italiano y podía convertirme en residente oficial de España miré la vida que me había hecho en casi 3 años de vida en Barcelona: pareja, amigos, comida, trabajo... y me di cuenta que
no estaba feliz. No aguantaba la comida sosa, el racismo, la gente chismosa y de poca cultura, el racismo, el racismo, la pobreza, la intolerancia... También había dejado correr mis otros sueños: ya no entrenaba tanto porque estaba harta de ser la mascota de mis clubes de natación y ciclismo por ser la única chica. Estaba harta de no poder llegar a pruebas por falta de transporte público. Estaba harta de preguntar si un plato llevaba carne, jamón, pescado, marisco, pollo, pavo, cabra, salchicha, o cualquier otro tipo de carne y despues recibir un plato con sólo
un poco de jamón. Pasé todo mi tiempo bebiendo y mirando páginas web americanos anhelando la vida de ahí. Así que cuando por fin conseguí el pasaporte italiano después de dos años, no sé cuántos miles de dólares y una infinidad de jaquecas, lo miré y me di cuenta que lo único que me lograría fue un compromiso de varios años más en un pais donde realmente no estaba feliz. Había logrado integrarme en Barcelona, pero aunque quería el éxito allá, anhelaba más mi patria.
Aquí de nuevo me he estado torturando, mirando pelis en español y escuchando CDs que ni siquiera me gustan sólo porque están en castellano. En el trabajo cuando estoy editando una traducción, cambio las expresiónes para hacerlos más europeos. Hay una valenciana en el trabajo y me intriga y pone triste a la vez, porque, con su inglés perfecto (cosa que no tienen más que un par de españoles), es el inverso de lo que podría haber sido yo. Trabajo en español todos los días en el editorial, pero sé que se me está escapando. Lo estoy perdiendo. Es demasiado fácil hablar inglés con mis compañeros. De hecho, todo es demasiado fácil en este pais donde nadie duda que yo pertenezca y todos hablan mi lengua. Y todos los días me paro un momento para dudar. Pienso, ¿estoy realmente mejor aquí, o he dejado mi sueño justo antes del éxito para el camino más fácil? No sé, pero la verdad es que aunque no hecho de menos Barcelona, sí que sueño con volver a vivir allí algún día.